El Príncipe de Nicolás Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo, tras tomar posición a favor de los Medici, con el objeto de impedir que llegaran al poder aquellos con los que siempre había combatido, realiza un retiro involuntario que lo aflige y termina por incitarlo a reflexionar sobre las causas que lo provocaron, a indagar las debilidades de ese régimen político pasado y que había surgido con la expulsión de los Medici y había caído con el retorno de los mismos después de 18 años.
Quiere saber por qué la Republica no se ha mantenido y, retoma aquellas discusiones constitucionales de sus primeros años, confrontándolas con los ejemplos de la antigüedad. Cómo son ¿Cuáles son los principios universales por los que se han regido las repúblicas?, ¿Por qué Roma tuvo durante siglos una forma republicana, para después volver al principado?, ¿Cuáles fueron las leyes que les dieron sus primeros legisladores?, ¿En qué virtud se apoyó a lo largo de su camino?, Las Décadas de Livio y las Historeae de Tácito son sus principales fuentes de estudio, hasta que, habiendo planteado el problema de modo que en las ciudades corrompidas podía mantenerse un Estado libre, si lo había, o no habiéndolo, crearlo; y habiendo comprobado que un pueblo corrompido que ha llegado a la libertad, muy difícilmente puede seguir adelante sin enfrentar el gran problema de su época; el principado. Y entre julio y diciembre de 1513, redacto de una sola tirada aquel célebre libro suyo, que él tituló: De principatibus, y que la posteridad conocerá con el nombre de El Príncipe, nombre más conciso, pero menos relacionado con la naturaleza de la obra.
El Príncipe se lee no sólo con facilidad, sino con placer. Consta de una dedicatoria preliminar a Lorenzo Medici y veintiséis capítulos, cuyos títulos están el latín.
El libro trata exclusivamente de los principados, de cómo se adquieren y cómo se conservan. En cuanto a cómo se adquieren, los príncipes llegan a serlo por herencia o fundando una dinastía. Un príncipe hereditario que extiende su dominio a nuevos territorios es considerado en estos últimos como fundador, y su comportamiento en esos países recién adquiridos ha de ser diferente al observado en los dominios heredados, pues un principado nuevo se pierde con mayor facilidad.
Maquiavelo detesta la política que sólo pretende vivir al día. Para tener éxito, hay que actuar ocupándose no sólo del presente, sino también del futuro, intentando evitar en lo posible los problemas. Atribuye la grandeza y estabilidad del Imperio Romano a su planificación, tan ambiciosa y al mismo tiempo tan previsora, y está convencido de que los continuos fracasos de la república florentina tienen su raíz en que nunca ha trazado una línea de actuación a largo plazo, tomando en cuenta el mayor número de factores en la planeación.
Aunque el deseo de adquirir es, verdaderamente, algo muy natural y ordinario, un príncipe deberá pensar en el porvenir antes de adquirir nuevos estados, pues no hay mayor error que empeñarse en hacerlo cuando no se tienen las suficientes fuerzas y posibilidades, y por muchos ejércitos que se pongan en campaña, nunca se logrará entrar en una provincia con éxito si no se cuenta con el favor de algún sector de los habitantes.
Un estado nuevo se adquiere por la fuerza o por astucia, aunque el medio más seguro es una combinación de ambas. Los métodos difieren según las propias características de cada país, pues si este es muy unido, el atacante tendrá que depender exclusivamente de sus propias fuerzas, mientras que, en el caso contrario, puede hacer que actúe a su favor la desorganización del otro.
En el libro se plantea un caso especial de nuevo príncipe, que es el de aquellos que, habiendo nacido ciudadanos, se hacen con el poder supremo. Esta es una meta difícil, pero puede alcanzarse por muchos caminos.
El primero es el de aquellos que llegan a príncipes gracias a sus dotes personales. Necesitan, es cierto, encontrar una ocasión propicia, sin la que su talento no podrían ponerse de manifiesto; pero la ocasión por sí sola, sin las excelentes cualidades de la persona, no permitiría alcanzar el éxito. Quienes adquieren así el principado, gracias a sus cualidades, encuentran, al principio, grandes dificultades, sobre todo porque tienen dificultades de fundar nuevas instituciones y nuevas leyes, pero en cambio se mantienen en el trono con bastante seguridad, porque suelen ser benefactores y porque han aprendido a fiarse solamente se sus propios recursos.
Hay otros príncipes que le deben todo a la fortuna. Estos llegan al poder casi sin esfuerzo, en su camino no encuentran ningún obstáculo, se diría que vuelan. Normalmente reciben la ayuda de ejércitos ajenos. Quienes alcanzan el trono encuentran infinitas dificultades para mantenerse en él, pues no merecen su suerte, ni pueden esperar vivir seguros, a no ser que sigan supeditados a quienes les ayudaron que habitualmente son volubles, y dejarán de protegerlos cuando ya no convenga a sus intereses.
Hay un tercer camino, más tortuoso y oscuro: el de quienes alcanzan el poder por medio de crímenes y traiciones. Estos llegan rápidamente a la cima, pero para mantenerse en ella deben emplear métodos crueles y contundentes. Maquiavelo aconseja un baño de sangre inicial, acompañado de algunas mejoras que favorezcan notablemente a los ciudadanos que queden vivos, y después de eso evitar volver al uso de la crueldad. En cambio, quienes muestran indulgencias al principio y, se van haciendo cada día más crueles, han escogido la vía más rápida y certera para su propia destrucción.
La última modalidad de ascenso al principado es hacerlo con la ayuda de los conciudadanos o de una fracción de ellos y ayudándose de lo que Maquiavelo llama la “Astucia Afortunada” o “La Fortuna es Mujer”. Quienes logran el poder de esta manera les es más fácil propiciar la ayuda del pueblo que de los nobles del principado, lo que resulta muy conveniente. La forma en que estos príncipes permanezcan en el trono es que se las arreglen para parecer imprescindibles en toda circunstancia.
Un caso especial son los principados eclesiásticos. Para llegar a ellos se puede hacer uso de la virtud, de la suerte, de la astucia o del dinero, pero siempre respetando las formas que definen la institución de la iglesia. Una vez que se adquiere este tipo de principado, es muy fácil mantenerlo.
Una vez que ha tratado acerca de los medios para hacerse del poder, Maquiavelo se ocupa de las maneras de mantenerlo, e incluso de acrecentarlo. Los principados nuevos enfrentan mayores dificultades, sobre todo si se ejerce sobre pueblos que tienen distinta lengua y costumbres. Sin embargo, un país al mando de un solo hombre, del que todos los demás, sin importar su rango, se consideran dependientes, será más fácil de retener que otro que cuente con una nobleza poderosa. En este caso, conviene que el príncipe viva en los nuevos territorios, establezca colonias en ellos, procure evitar los motivos de rebelión y se presente como defensor del pueblo y azote de los grandes.
Los principados más difíciles de conservar son aquellos que se imponen a un pueblo libre. La libertad difícilmente se olvida y ese recuerdo es suficiente para propiciar rebeliones y despertar los corazones de quienes fueron libres y se resisten a ser dependientes. Por eso, a quien se hace dueño de una ciudad así no le queda más remedio que reducirla a cenizas, si quiere seguir siendo el amo: No hay medio más seguro de posesión que la ruina. Y quien se apodera de una ciudad acostumbrada a vivir libremente y no la destruye, que espere a ser destruido por ella.
Sea cual fuere el tipo de principado que se intente consolidar, quien lo ocupa deber ser consiente de que no cuenta con otro apoyo que sus propios recursos; incluso quienes lo apoyaron en su ascenso resultan poco confiables, pues lo dejaran solo si se sienten poco recompensados. Por eso, el príncipe deberá estar siempre alerta, cuidando de que ningún súbdito, ningún sector de la sociedad, ninguna familia se engrandezca hasta extremos amenazantes, pues quien favorece el poder de otro, labra su propia ruina.
Por otro lado, todo príncipe que pretenda seguir en el poder durante largo tiempo tiene que estar consciente de que su mayor cimentación es un ejercito propio, de cuya dirección y organización se encargará personalmente. Un príncipe desarmado es despreciable y está a merced de cualquiera.
Las tropas deben estar bien ejercitadas, sin interrumpir su adiestramiento en los tiempos de paz. Los mercenarios y las tropas auxiliares prestadas por otros príncipes no sólo resultan inútiles, sino que, lejos de constituir una ayuda, sin una amenaza constante y muy peligrosa. Únicamente son seguras las armas propias, o sea, aquellas en las que los ciudadanos defienden su patria. Sólo entonces el ejército será de confianza, pues la traición y la cobardía no tienen razón de ser cuando un soldado hace suyo el interés de la batalla.
Por lo que toca a la política interior, Maquiavelo advierte que es imposible que un príncipe reúna en sí todas las virtudes morales, y aun en el caso de que eso fuera posible, no sería conveniente, pues los asuntos del Estado requieren el desarrollo de otra clase de cualidades. No hay que titubear en el caso de tener que tomar actitudes que pudieran ser reprobables en términos morales, cuando eso es necesario para la estabilidad del gobierno.
En lo que respecta al arte de gobernar, no se pueden fijar reglas precisas, pues la personalidad del sujeto y de las circunstancias harán que resulte adecuado un comportamiento u otro. Sin embargo, hay algunas directrices que, por lo común, dan buenos resultados si se aplican en la relación del príncipe con sus súbditos. En primer lugar, Maquiavelo recomienda que el gobernante se incline más bien a la tacañería que a la generosidad, lo que resulta más bien extraño en una cultura que prestigiaba la liberalidad caballeresca y el desprendimiento cristiano.
En el tema de la crueldad y la clemencia, no se propone regla alguna, pues depende mucho del carácter del gobernante y de sus necesidades. Maquiavelo se propone como defensor de la disciplina y, piensa que sólo algunos jefes con buena estrella y muy fuerte personalidad pueden permitirse el lujo de ser clementes sin que la situación degenere en el caos; sin embargo, por lo general, el príncipe debe utilizar la fuerza con toda naturalidad y no preocuparse de la fama de cruel, si con ello mantiene a sus súbditos unidos y leales. Lo que sí es conveniente evitar es la arbitrariedad; es más seguro ser temido que amado, pero un rigor arbitrario vuelve odioso a quien lo ejerce, y el odio afila los puñales contra el tirano.
En el capítulo dedicado a la mentira se hace una especie de homenaje a la habilidad para violar los juramentos. Maquiavelo tiene la verdad en alta estima, pero como político la desaprueba, por ser un recurso ineficaz. Por supuesto, la mentira que él recomienda no es el descarado engaño, que considera tan inconveniente como la verdad misma; él se refiere al disimulo, el arte de hacer la propia palabra fidedigna sin que eso represente la obligación de cumplirla. En este tema también se transgrede la moral caballeresca y cristiana, recomendando incluso que el príncipe aparente una genuina religiosidad, acompañada de toda clase de virtudes morales, aunque lo que realmente posea es cualidades, que es lo que verdaderamente sirve en la política.
Por otro lado, recomienda la prudencia, la previsión y la capacidad para rodearse de colaboradores sabios y expertos, aunque sin confiar excesivamente en ellos, y el rechazo de los aduladores, afirmando que para un príncipe es muy útil labrarse una reputación y que nada cimienta mejor la fama como el atreverse a grandes empresas, aunque para hacerlo es preciso tener, además de osadía, un mínimo de posibilidades de éxito.
Los tres capítulos finales desvelan la intención de la obra. Se ha mostrado la conducta ideal del gobernante eficaz y, si se analiza a la luz de estos conceptos la manera de regir en las cosas públicas de los gobernantes, se podría identificar el cinismo, pero no la amplitud de visión, la organización y la iniciativa que propone Maquiavelo. Finalmente señala que las desgracias de Italia no se deben atribuir a la fortuna, pues ésta es como un gran río que, en sus crecidas, puede arrasarlo todo; pero los hombres prudentes son capaces de adelantarse a esas catástrofes, construyendo diques y canales que, aunque no evitan las crecidas, impiden que sus consecuencias sean destructivas.


